
El restaurante principal del nuevo Hotel Debaines es un espacio interesante que tiene todo para convertirse en un imperdible del centro de Santiago.
Los hoteles han sido los históricos guardianes de la gastronomía. En tiempos cuando existían sólo un puñado de restaurantes en todo Santiago fueron las cocinas del Sheraton las que guardaron las tradiciones culinarias; cuando comenzó el primer renacer de la cocina local, fue el hotel Plaza San Francisco quien albergó la semilla de lo que es la revitalización de las recetas nacionales, y cuando el centro comenzó a perder su glamour, fue el Hotel Carrera el que estuvo a cargo de mantener la guardia.
Y ahora, en el casco histórico de nuestra capital pareciera que pasa lo mismo. Cuando vemos la partida de tiendas y empresa emblemáticas, son los hoteles los que han salido a levantar la bandera. Lugares como Almacruz y Magnolia son marcas que aún apuestan a la recuperación de nuestro centro.

A estos jugadores se les acaba de sumar un debutante, el Hotel Debaines, un emplazamiento de lujo – a pasos del Teatro Municipal – cuyo edificio fue diseñado por el arquitecto Juan Sabbagh, Premio Nacional de Arquitectura en 2002.
Este nuevo y ambicioso proyecto viene además con tres espacios donde la comida es el principal ingrediente: el Gran Café, un lugar que da a la calle y que recuerda en más de algo la elegancia de los años 20, el restaurante Copper Room en su interior y con un ambiente más privado, y La Terraza, un rooftop que prontamente hará su debut.

Fuimos a conocer parte de la carta de su comedor principal, un espacio que combina de buena manera una decoración elegante e informal, lo que lo convierte en un lugar versátil, ideal tanto para una reunión de negocios discreta como para un agradable almuerzo entre amigos.
A cargo de los fuegos de este hotel se encuentra el chef Alberto Echaurren, quien ha armado una primera propuesta que va muy acorde al lugar, con platos clásicos revestidos de una modernidad que no incomoda.
La visita partió con una cortesía, una sabrosa y lograda Croqueta de Queso de Cabra bien frita, de buena intensidad y que fue un buen preludio para la primera entrada, un Gravlax de Salmón que logró sentirse casero y elegante gracias a su suave madurado y a la presencia de una emulsión de palta.

Un camino algo más refinado vino con el Cebiche de Camarón y Salmón, un plato que en el papel nos generó dudas, las que se disiparon al primer bocado. Acá encontramos armonía y sabores exóticos gracias a una leche de tigre con coco, lemongrass y cilantro, mix suave y delicado que le dio un aire internacional al plato.
La última entrada fue una Trilogía de Tartar, con dos versiones de res (una con aliño asiático y otra con sazón francesa) más uno de tomate, todos montados de manera individual sobre hojas de arroz infladas que se humedecen rápidamente. Esta es una preparación que requiere algo más de trabajo, pues si bien estaba sabroso, no logró la elegancia de otros platos probados.

El primer fondo llegó con una Merluza Austral bien lograda, con un perfecto sellado y una suave carne, servida sobre un puré de coliflor de buen sabor pero cuya textura se asemejó más a una emulsión.
Seguimos por el lado marino con el Cremoso de Mote cocinado en tinta de calamar y servido con unos acertados choritos en escabeche que logran darle la nota justa de acidez. Una tremenda apuesta que se posiciona entre los mejores platos probados este mes.

Terminamos con un clásico hotelero, el Filete de Res, con una carne a buen punto y acompañado de unas notables zanahorias baby pasadas por plancha y una salsa de uvas algo dulce.
Aunque quedaba poco espacio, igual algo se hizo para probar dos de sus postres, la memorable Leche Nevada de Caramelo servida con avellanas garrapiñadas, uno de esos platos que logra poner un pie en el cielo y el otro en la tierra de los recuerdos infantiles.
Por el mismo camino de memoria y suavidad va la Torta Merengue Frambuesa, abundante en frutas, con un merengue que se conserva crocante, sin humedad, y con un dulzor moderado que invita a ser egoísta Y no compartir ni un trozo.

Su carta de vinos cumple con mostrar parte de lo que es el Chile vitivinícola actual, con etiquetas reconocidas y cepas tradicionales, más algunas joyas de los proyectos personales de enólogos como Francisco Baettig y Marcelo Retamal. Una selección que promete ir creciendo en diversidad, pero que por el momento cumple con esta etapa inicial.
Se come bien en Copper Room, un espacio que pretende encantar sin parafernalias ni en los platos ni en sus mesas. Su propuesta es transparente, con una cocina de estilo clásico, y vaya que se agradece esta mirada que da un guiño al pasado sin dejar de mirar el presente.
Copper Room
Debaines Santiago Hotel
Agustinas 720, Santiago
@debainessantiago
