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Larga vida a Maquis Rosé

Desde su aparición en el mercado chileno, los vinos rosados tuvieron un largo camino para que los consumidores lo tomaran en serio. No fue entonces, hasta que surgieron etiquetas que lograron ser una alternativa a la hora del aperitivo o del maridaje, que estos vinos entraron a ocupar un espacio en las tiendas especializadas y en las cartas de vinos de los restaurantes. Era el año 2010 y Maquis Rosé entraba a escena de la mano del enólogo Alejandro Jofré, el mismo tras Calcu Rosé – ambas viñas pertenecen a la familia Hurtado Vicuña -, otro buen exponente del estilo, más juguetón y mezcla de Malbec, Syrah y Petit Verdot. Por entonces, y en sucesivas cosechas hasta el 2013 – año en que Jofré deja ambas viñas para lanzarse con su proyecto personal -, este clásico de los rosados chilenos se mostraba vibrante, frutal y con un leve dulzor que se mezclaba con la acidez. Elaborado con uvas de Malbec y un aporte en menor medida de Cabernet Franc, fue uno de los primeros en Chile en tener ese suave color «piel de cebolla» cuando en el mercado aún dominaban rosados de colores intensos y que seguramente se vinificaban de diferentes formas, menos de lo que después se transformó casi en la regla para obtener rosados de calidad: vinificar tintos como si fuesen blancos. Los años han pasado en Maquis y ahora bajo el mando del enólogo Rodrigo Romero, llegamos a su cosecha 2017 la cual mantiene la elegancia de siempre, su carácter frutal con notas a frutillas y algo de cítricos, una boca fresca y de rica acidez. Siendo uno de los exponentes más adultos de su clase, es un vino que sirve tanto como aperitivo como compañero de variados platos. Lo descorchamos junto a unos tortellinis de salmón con salsa pesto y parmesano y funcionó de maravilla.

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