
Pronto a cumplir el año de vida, este espacio del piso -2 de este centro comercial apunta a un público deseoso de makis de calidad, sin grandes parafernalias ni sobredosis de ingredientes.
El sushi es todo un fenómeno, tanto así que se convirtió en el protagonista de una de las revoluciones más notables de la restauración chilena. De ser casi inexistente en el siglo pasado, pasamos a una verdadera explosión de locales durante la primera década de este centenio, con versiones que van desde lo purista (ahí está Japón o Shoogun) hasta la callejera (con “handrolls” de dudosa salubridad).
Esta oferta creció aún más en pandemia, cuando cada barrio tuvo su emprendimiento de estilo oriental. Y aunque pocos de ellos sobrevivieron, uno de los que logró salir adelante es SushiLab, un proyecto que partió por la obsesión de su dueño, el arquitecto Juan Pedro Jarume, con la cocina japonesa, la estética de ésta y la calidad de los productos nacionales.

Una vez pasada la urgencia decidió continuar con la marca, y para eso se instaló en el piso -2 del Mercado Urbano Tobalaba, al costado de El Valenciano y a pocos metros del Meat Bar Rienda Suelta.
Partimos con lo que debería ser una prueba de fuego para todos los restaurantes de este tipo, los Nigiri. Probamos el de Ostión y Trufa, el cual rápidamente mostró la calidad del arroz, con un grano con sabor pero sin protagonismo, dueño de una leve acidez y donde los granos se separan sin esfuerzo al llegar al paladar. El aceite de trufa chileno estaba usado de manera justa, sólo para acentuar el delicado gusto del ostión laminado y sin coral y las perlas de caviar que lo coronaban.

Como compañía venía el Nigiri Wagyú, que estuvo un peldaño más bajo que el anterior gracias a una carne un poco firme, pero sabrosa, con notas ahumadas y suavemente especiada.
Los Gunkan, esos sabrosos conos de arroz, son otra parte interesante de la carta de SuhiLab. Pedimos el de Salmón y Foie, delicado y levemente dulce gracias una salsa taré, y terminado con un buen contrapunto agridulce de unos cristales de sal de vino. El otro clásico es el Gunkan de Erizo, un verdadero lujo de nuestro mar servido de buena manera, aunque se hubiera apreciado mejor si las lenguas no hubieran llegado tan frías.

Uno de los grandes éxitos de esta cocina es el tempura, y en este restaurante dejaron de lado las verduras para enfocarse sólo en los Camarones ecuatorianos, colas de buen calibre en cocción justa envueltas en un batido crocante y liviano, todo acompañado por una salsa acevichada que pudo tener más fuerza.
La propuesta de este lugar es simple en el papel, una carta centrada en las recetas más populares del país del sol naciente, donde el arroz es tan protagonista como los otros ingredientes.

Seguimos con las estrellas, los makis. El más popular de este lugar es el Salmón Tataki, camarón tempura, palta, pepino y nori cubierto en salmón sopleteado. Cremoso y crocante, con un suave toque de humo y una delicada pincelada de aceite de trufa, es una buena combinación que además es dueña de una delgada capa de arroz que levanta los sabores del relleno y el topping.
Terminamos con el Maki Atún sin Arroz relleno de camarón furay, palta, ciboulette y masago envuelto en una doble capa de nori y terminado con una delgada capa de atún, una receta que mejora mucho con un toque de wasabi.

Como todos los lugares del -2 de MUT aún no cuenta con patente de alcohol, así que para tomar sólo hay bebidas industriales, limonadas y un té helado que de seguro gustaría a los que prefiero los sabores dulces.
Se puede comer bien en SushiLab, un espacio que se aleja de los restaurantes donde el queso crema es el rey y que apuesta por una cocina de mayor calidad, lejos de las experiencias masivas.
Sus precios no son baratos, pero el trabajo artesanal hace que valga la pena; eso sí, debe mejorar sus tiempos, sobre todo en la hora punta del almuerzo.
SushiLab
Av. Apoquindo 2770, Piso -2
@sushilabchile
