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La Caperucita y el Lobo, un clásico en constante evolución

La Caperucita y el Lobo
Foto: La Caperucita y el Lobo

La historia que cuenta este restaurante y su chef, Leonardo de la Iglesia, te atrapa de inmediato, pues al cruzar el umbral ya te haces la idea de que algo especial puede pasar en la mesa.

Un camino con pequeños detalles te lleva a una terraza con vista a la bahía de Valparaíso y a una casona antigua construida en 1954 en el cerro Florida y para la que se ocuparon piedras y ladrillos de la demolida Iglesia del Espíritu Santo.

El encanto se mantiene al primer bocado, también en el sorbo inicial, pues su chef, Leonardo de la Iglesia, ha desarrollado en La Caperucita y el Lobo una cocina de autor, centrada en el producto, donde se revela técnica e ingenio, algo que para el comensal común del puerto no siempre ha sido fácil de entender, en especial, en sus primeros años.

La Caperucita y el Lobo
El chef Leonardo de la Iglesia. Foto: La Caperucita y el Lobo

Es así como en el primer acto te puede sorprender su Mariscal Frío, que con un verde potente, producto de la sopa de lechuga y salicornia, capta tu atención, llevando un toque eléctrico a la boca, de una acidez controlada, que juega bien con los ostiones, locos, machas y almejas, las que llegan para subir los decibeles y la potencia marina, que logra mayor fuerza gracias a una dosis de salsa XO, y su toque ahumado. Unos pétalos de flores aportan color.

Otro marino, pero de espíritu más goloso, es Ostión. Como dice su nombre, en esta receta este producto brilla, pero en un principio no se nota, dado que este marisco, que llega confitado y sin su coral, está cubierto de espuma de parmesano, migas de mantequilla quemada, aceite de cilantro y callampas, siendo como un tesoro por descubrir. La combinación da una mezcla golosa y profunda, que invita a cucharear hasta el final.

La Caperucita y el Lobo
Mariscal Frio y Pejerrey en Escabeche. Fotos: Gerardo Candia

Pensando en vegetarianos, una ideal es la Alcachofa y Ajo Blanco, la que tiene muchas capas de sabor y texturas, pues esta planta comestible va con un gel de cebolla estofada, una marcada nota de limón, que se fusiona bien con la dosis de ají verde y el frescor y crunchi de la chalaca, que encuentra otro compañero, si de crocancia se trata, en la galleta de cebolla, mientras que la dosis de aceite cacho de cabra le regala un coqueto picor. En resumen, una receta donde lo cremoso, la acidez y el frescor encuentran un sabroso equilibrio.

En el segundo acto una de las estrellas es Molleja & Ñoquis, una creación potente en la que juega lo suave con lo crocante, dado que unos gnocchi bien ejecutados, logran un buen match con las tersas y sabrosas mollejas. Todo esto elevado por una alioli de limón, mayonesa de ajo negro, pétalos de cebolla asada, migas de ajo y chimichurri que viene a darle un contrapunto de frescor y cierta cuota de acidez.

La Caperucita y el Lobo
Molleja y Ñoquis. Foto: Gerardo Candia

Pasando a los dulces, es decir, el tercer acto, se luce una buena reinterpretación de la clásica Palmera, esa que se suele comer en la playa durante el verano. Va con una milhojas crocante, caluga de naranja, cremoso de vainilla y un buen helado casero de café de grano.

Para quienes quieran perderse en los sabores de La Caperucita y el Lobo está Bosque, que en una entretenida puesta en escena aparece un brownie de chocolate y callampas, namelaka (cremoso) de chocolate de leche y frangelico, compota de mora, barquillo de portobello, merenguitos de callampas y helado de aceto balsámico, que es un buen final para decir que el cuento se ha acabado. Al menos, por esta visita.

La Caperucita y el Lobo
Ferrari 75, Cerro Florida, Valparaíso.
@lacaperucitayellobo

Si vas a Valparaíso y estás buscando dónde alojar una gran alternativa es el bello hotel boutique Ayca La Flora, un proyecto familiar en el que una antigua casona fue refaccionada por sus dueños, el matrimonio compuesto por Anne-Charlotte Schöllhorn y Alex Lagos, quienes se han preocupado de darle una personalidad única a cada una de las once habitaciones.

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