
Con más de una década de trayectoria, este espacio de Mall Plaza Egaña no reniega de su vocación de restaurante de centro comercial, sino que a esta mirada le suma una propuesta más auténtica y personal.
Fotografías © La Fabbrica
Los restaurantes de mall tienen mala fama: contar con un público cautivo, más atraído por el centro comercial que por la carta, lo que provoca que más de alguno descuide su salón y, principalmente, su cocina.
Pero como en todo orden de cosas, hay excepciones. Y eso es lo que sucede en La Fabbrica, un espacio que vive una particular dualidad: estar con un pie fuera y otro dentro del Mall Plaza Egaña gracias a su locación en la Casa Maroto, un inmueble patrimonial que quedó adosado al centro comercial y que tambien funciona como Club de Jazz.

Con más de una década de vida, este restaurante mantiene una premisa simple, con pizzas y pastas tradicionales donde la calidad de los ingredientes es fundamental para lograr su cometido. Hablamos de comida rica, sin mayor sofisticación, pensada para una gama amplia de comensales.
Acá encontramos grandes éxitos del país de la bota, partiendo por una que trae una selección de charcutería y quesos italianos, Mortadella di Bologna, Coppa y Prosciutto, tres buenos exponentes de cómo ha mejorado la presencia de la salumería italiana en Chile. Además trae unas olivas sevillanas, una sabrosa y aireada Focaccia de la casa, trozos de parmesano cortados a cuchillo (que se habrían disfrutado mejor en lascas) y unos bocconcini de mozzarella di bufalla que se perdieron en medio de sabores tan intensos.

En su momento, este lugar hizo bastante ruido gracias a un horno pizzero giratorio, tecnología que espanta a los más conservadores pero que ayuda a tener una cocción uniforme. Probamos la Pizza Stracciatella, Prosciutto y Rúcula, una sabrosa combinación con ingredientes de calidad que se sienten con un buen soporte gracias a una masa crocante y elástica al mismo tiempo.
Tal como su nombre lo indica, las pastas son hechas en casa y cortadas con instrumentos de bronce – método conocido como trafilata al bronzo –, esto le otorga más porosidad y por lo tanto más capacidad de absorber la salsa. Pedimos un Linguine al Pesto Di Pistachio e Gamberi, pasta con un untuoso pesto con este fruto seco tostado y molido, mezclado con trozos de camarones y espárragos. Una arriesgada y cálida combinación que se hubiera disfrutado más con una pasta más al dente.

Mejor desempeño tuvo el Spaghetti Carbonara, un tradicional plato que se está convirtiendo en la prueba de fuego de los restaurantes italianos y que acá llegó sabrosa, con una salsa muy lograda, mezcla del jugo de guanciale, la yema del huevo y un toque del agua de cocción.
De sus pastas rellenas probamos uno de los grandes éxitos de este lugar, los Ravioles Piamonteses, rellenos con espinaca y ricota y bañados por una golosa salsa de tomates con crema y champiñones. Un plato de sabores pop.

Terminamos la visita con otro clásico del repertorio italiano, un Tiramisú de generosa porción que acá se siente correcto y con un dulzor que parece intencional, considerando que el público nacional no necesariamente entiende las sutilezas cuando se trata de postres.
La Fabbrica tiene la capacidad de sorprender, pues se encuentra en una frontera difusa que sabe manejar. En algunos de sus platos se siente su vocación de mall, mientras que en otros —sobre todo en sus pizzas— se intuye una mirada más independiente, con ganas de explorar sabores menos condescendientes. Estas cualidades lo convierten (junto con un par de opciones contadas con los dedos de una mano en la azotea) en una de las alternativas más interesantes de este microbarrio gastronómico.
La Fabbrica
Av. Ossa 123, La Reina
@la_fabbrica_santiago
