
Uno de los espacios más reconocibles de BordeRío acaba de cumplir 25 años de vida – los mismos que lleva este centro gastronómico – y lo hace con un envidiable nivel culinario.
Hay espacios que son verdaderos emblemas de los barrios, lugares que por tradición y peso específico se transforman en la punta de lanza, el representante más reconocible de estos. Eso es lo que sucede con BordeRío y Zanzíbar, el restaurante creado por Susana Schnell hace ya 25 años y que por estas fechas se encuentra en un proceso de renovación administrativa, con una nueva generación tomando más protagonismo.
Lo que no ha cambiado en estos cinco lustros es el estilo de este comedor, con una exótica decoración oriental y una terraza única de estilo marroquí. La carta tampoco ha cambiado su declaración de intenciones, pues sigue siendo un compendio de cocinas orientales que en su momento fueron completamente lejanas y que ahora califican de exóticas.

Al mirar la oferta gastronómica, la variedad pareciera ser el emblema de Zanzíbar, con sabores que van desde Japón hasta Pakistán, pasando por Vietnam y todo el sudeste asiático, un verdadero viaje culinario.
Una de las mejores formas de entender esta ONU gastronómica es a través de sus tablas para compartir, selección en formato mini de algunas de sus entradas más populares.
La visita la partimos con Recuerdos de Indochina, trilogía compuesta por un sabroso Tártaro de Atún macerado en soya montado sobre una base de palta y servido con una acertada salsa acevichada, una mezcla de raíces peruanas y niponas.

En la misma tabla venían además unos sabrosos Nems, esos sabrosos rollos vietnamitas fritos que acá llegaron hechos de una pasta que mezcla pollo, camarón y calamares, envueltos en hoja de lechuga, con menta y su tradicional salsa. Receta muy sabrosa, aunque su diámetro los hace algo incómodos de comer.
El tercer integrante fueron unos Camarones Sichuan que quedaron completamente al debe, con una carne sin mayor sabor y un batido muy grueso.

Otro de los platos que compartimos fue la Trilogía Zanzíbar, donde encontramos las Empanadas Samu, uno de los primeros hits de este restaurante y que se han mantenido en carta desde sus inicios; particular masa hecha de harina de arroz y leche de coco, rellenas con pollo macerado en aromáticas especias y servidas junto una sabrosa salsa de maní.
También llegaron unos increíbles kebabs de cordero, sabrosa carne molida bien especiada, servida con menta fresca y una salsa ácida en base a yogurt, ajo y pepino.
La última parada de este mix fue la India, con un Satay de Ave que estaba sabroso y en el punto pero con un corte más grueso del acostumbrado.

Partimos en los platos de fondo con un Atún Teriyaki, curiosa reversión de este clásico que acá llegó sellado y envuelto en nori tempura, una mezcla donde domina el sabor del alga por sobre el pescado, mientras que el contraste de textura va por la cremosa carne versus la crocante fritura.
Mención aparte merece el acompañamiento escogido, el Arroz Salvaje, tremenda mezcla de arroz blanco y negro, garbanzos, pasas y una cantidad considerable de comino. Una reversión de este cereal que está inolvidable.

Otro clásico de este lugar es el Pad Thai, el plato emblema de Tailandia que aquí encuentra a uno de los mejores representantes que se pueden encontrar en Santiago; fetuccinis de arroz salteados con salsa de pescado y tamarindo, mezcla de justo sabor agridulce acompañados de tofu cremoso, crocantes dientes de dragón, migas de maní, cebolla morada y hojas de cilantro. Gran mezcla que acá encuentra balance y autenticidad.
Terminamos los fondos con una de las nuevas incorporaciones, el Pita Kebab, la misma brocheta de cordero ya probada, envuelta en este delgado pan y acompañada de hummus, tabuleh, mix de hojas baby y salsa ácida. Una mezcla que es una verdadera fiesta en el paladar, donde la salsa a base de yogurt logra refrescar toda la intensidad del cordero.

La carta de líquidos está bien cuidada, partiendo por la parafernalia del servicio de té y el café turco, ambos clásicos de este espacio y que aprueban sin problemas.
Su carta de cócteles sigue siendo nutrida, sobre todo considerando que fue uno de los primeros lugares que se atrevió a trabajar recetas de autor.
En los vinos, en cambio, hay una propuesta más tradicional con predominio de etiquetas y cepas bastante clásicas. Uno de los pocos espacios donde este lugar prefiere jugar a la segura y dejar el riesgo de lado.
Es notable la buena salud del restaurante Zanzíbar luego de cumplir 25 años. Un espacio que se mantiene fiel a su premisa inicial: traer los sabores del cada vez menos lejano oriente a la capital.
Zanzíbar.
Av San Josemaría Escrivá de Balaguer 6400, Vitacura.
@zanzibar.cl
