
Ni la coctelería ni la comida son los verdaderos protagonistas de esta modalidad que pone a la música, su curatoría, la calidad del sonido y el ambiente en el centro de todo.
Luz tenue y muchas texturas, entre cortinas de raso que van del cielo al suelo y sillones del mismo material. Un espacio amplio, pero que se percibe íntimo, donde además prima la madera y el metal. En un costado, pero siendo protagonista, una estantería con muchos vinilos y adornos onderos ad hoc con el local. Frente, una tornamesa donde una dupla lleva un rato pinchando vinilos que van por varios estilos, entre ellos, algo de jazz que a ratos se cruza con tintes caribeños. Una bola disco aporta destellos rojizos, de aura retro, mientras que una coctelería prístina, servida de forma correcta en una buena cristalería, marida con un picoteo casual.
Así se percibe Macanudo Hi-Fi (high fidelity, alta fidelidad), siglas que suelen acompañar a los listening bar, o bar de escucha. Era principios de abril de 2025 y este espacio llevaba un par de meses abierto en Cali, Colombia, país que fue uno de los primeros en la región en adoptar este modelo que ya suena fuerte en América Latina, incluido Chile. En la zona, comenzó en Sao Paulo, Brasil, cuando terminaba la década del 2010.

Eso sí, su origen se remonta a mucho antes y a miles de kilómetros de distancia. Todo arranca en Japón durante los años ‘20, logrando su expansión en las décadas de 1950 y 1960. Lejos de lo que podría pensarse, nace en los cafés y no en los bares. Específicamente, en los Ongaku Kissa.
Para tener más claridad, es necesario saber que Ongaku significa música y Kissa, cafetería. Esta última palabra proviene de los Kissaten, es decir, cafeterías o casas de té tradicionales donde la gente se reúne a beber, leer, conversar, fumar y pasar el tiempo. Eso lo convierte en un concepto más específico, pues los Ongaku Kissa se caracterizaban por tener equipos de alta fidelidad y gran colección de discos, puntualmente, de música clásica y jazz. Lo más común era que se escuchara un lado completo del vinilo, si es que no entero. Todo ocurría en un ambiente donde el silencio también formaba parte de la experiencia.

Todo arranca en Japón durante los años ‘20, logrando su expansión en las décadas de 1950 y 1960. Lejos de lo que podría pensarse, nace en los cafés y no en los bares. Específicamente, en los Ongaku Kissa.
En esa época, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, los discos y los equipos de este tipo eran costosos, muy grandes para los pequeños espacios japoneses y difíciles de conseguir. Es así como la escucha consciente se convierte en un panorama comparable con asistir al cine: una experiencia compartida, inmersiva y difícil de reproducir en casa. El pionero fue Meikyoku Kissa Lion, abreviado muchas veces como Café Lion, que abrió en 1926, en Shibuya, el barrio del ocio y el placer en Tokio.
La posguerra, en la década del ‘50-60, propicia la explosión de otro fenómeno: los Jazz Kissa, donde se reproducía este estilo que se masificó con la llegada de discos de Estados Unidos. En las próximas dos décadas el fenómeno evoluciona. De las cafeterías salta a los bares. Empieza a aparecer el whisky japonés y los cocktails, pero sin perder el foco de que la música y un entorno apropiado para apreciarla es el centro de todo.

Durante años esto es prácticamente exclusivo de Japón, hasta que ocurre otro hito: la vuelta del vinilo. El abanico de estilos se abre. El jazz deja de ser hegemónico y se empieza a mezclar con funk, soul, dub, ambiental y electrónica suave. Sin embargo, la esencia no cambia. Los espacios no son simples restaurantes con buena música ni espacios donde un DJ pone discos. Tampoco un bar con vinilos, como se le nombra normalmente. Eso, porque los listening bar responden a un fenómeno más profundo donde las canciones dejan de ser parte de la ambientación y pasan a ser el eje de la experiencia. No para bailar, sino para saborearla y disfrutarla.
Antes de convertirse en un escritor de éxito global, Haruki Murakami dirigió un jazz kissa llamado Peter Cat en Tokio, entre 1974 y 1981. Esa vivencia de pasar años entre miles de vinilos, amplificadores de tubos y vasos de whisky permeó toda su literatura.
El vinilo tiene nuevamente importancia, tanto por su formato y sonido como por toda su carga conceptual, gracias a que lo vintage vuelve a brillar y, con ello, la forma de concebir el tiempo, donde escuchar con atención es vital. Entendiendo que la calidad está por sobre lo masivo. Y en ese sentido, la cartelera musical es tan valiosa como la carta de coctelería y de preparaciones para comer. Todo esto moviliza una nueva forma de relacionarse con un lugar y forjar otro tipo de hospitalidad.

Prontamente el fenómeno se expande y logra referentes de renombre en diferentes capitales. Londres fue la encargada de adaptar y globalizar los Jazz Kissa japoneses con la apertura en 2014 de Brilliant Corners, en Dalston. A fines de 2010 comienza a consolidarse masivamente en Nueva York para seguir creciendo en América Latina, al mismo tiempo que España hacía lo propio con ciudades como Valencia, Madrid y Barcelona.
El vinilo tiene nuevamente importancia, tanto por su formato y sonido como por toda su carga conceptual, gracias a que lo vintage vuelve a brillar y, con ello, la forma de concebir el tiempo, donde escuchar con atención es vital.
Para sorpresa de muchos, Berlín llega después, en 2023, con la apertura de Bar Neiro, uno de los más famosos y puristas. A pesar de su fuerte cultura musical la tardanza responde a que durante mucho tiempo estuvo enfocado en discotecas y el techno de volumen alto, por lo que demora en adoptar el formato relajado de la escucha consciente.

En 2018 debuta Caracol Bar, en São Paulo, considerado uno de los primeros en la región. Le sigue, en 2021, Paradisco Bar, en Bogotá, creado por el DJ Javier Cruz. Luego se extiende a otras ciudades y países. En Argentina toma fuerza en Buenos Aires con locales icónicos como Gris Gris, Black Forest y Victor Audio Bar en Palermo Soho (del reconocido equipo de Tres Monos).
En Chile el concepto también se populariza rápidamente. Uno que logra cumplirlo con fidelidad es Ri.Co Hi Fi, que abre en abril de este año en Providencia, con equipos traídos desde Inglaterra y Japón. Ese mismo mes apertura en Vitacura, Amatista, espacio que también tiene una cartelera musical muy activa, que marida con platos para compartir centrados en el finger food y una coctelería con un sello de esencia minimalista.

Los listening bars ya no solo responden a una tendencia ligada al vinilo como objeto, sino también a una nostalgia, tanto por la calidad, la presencialidad y el disfrute sin ansiedad, lejos de la lógica de saltar de una canción a otra con un solo clic. Por eso, todo indica que esta tendencia seguirá sonando cada vez más fuerte. Su eco ya se está convirtiendo en parte de la playlist de América Latina.
