
Sentados en un restaurante de alta gama durante un almuerzo de día sábado, en una de las calles más competitivas de la gastronomía capitalina, vemos entrar a una pareja que pregunta por el descuento ofrecido por una tarjeta bancaria y, al ver que no la tenían, rápidamente se fue. Durante ese mismo almuerzo, al menos fueron tres las personas que se acercaron a la anfitriona y preguntaron por los descuentos de ese día; algunos entraron, otros siguieron su camino.
Otro día, recorriendo el sector de restaurantes de un centro comercial del sector oriente durante la noche, vemos que en la mayoría de los restaurantes penan las ánimas. Ninguno de los 14 restaurantes (sin contar los ubicados en el patio de comidas) está con gran cantidad de público; “los días que hay tarjetazo se llena”, cuenta uno de los garzones, y al parecer los días sin descuentos el movimiento es poco.
Las tarjetas hacen la promesa de entregar flujo a los restaurantes y llevarles su cartera de clientes que, en teoría, no conocen los establecimientos; por lo tanto, es una manera de hacerles promoción. Es por eso que, dependiendo del segmento de la tarjeta de crédito, se definen los locales asociados: un filtro financiero en el que los bancos son expertos.
Esta manera de atraer comensales no es nueva, pero después de la pandemia los descuentos asociados a tarjetas de crédito explotaron. Un beneficio que durante décadas fue sólo privilegio del Club de Lectores de El Mercurio ahora dejo de ser la excepción y pasó a ser la regla con bonificaciones que van entre el 20% y el 50% de la cuenta.
La pregunta que queda en el aire es clara: ¿el comensal está escogiendo un restaurante o está escogiendo el descuento? No hay mediciones reales y efectivas sobre el regreso de los clientes luego de las promociones, pero es lícito pensar que es difícil volver a pagar el precio completo luego de haber pagado casi la mitad de la cuenta.
La restauración siempre ha sido un negocio donde los márgenes son bajos, y cuando al total de la cuenta le aplicamos un castigo enorme, cabe preguntarse si es que estos espacios podrán sobrevivir sin inflar sus cartas para castigar al público que llegue sin una tarjeta especifica.
Esto deja a los restaurantes en una posición realmente frágil no sólo por los costos, sino que a merced de los convenios donde la banca se ve como ente dominador. Cuando el modelo depende tanto de un tercero, es fácil que alguna tarjeta decida sólo hacer convenios con una cadena de restaurantes y así dejar fuera al resto de los operadores.
Las tarjetas ya son un nuevo actor dentro de la gastronomía; uno potente que puede hacer la diferencia entre un salón semivacío y uno casi desbordado. Si a eso le sumamos que los medios de comunicación casi han extinguido sus secciones de críticas gastronómicas profesionales y que la reputación de los influencers va en picada (ya hablaremos de este fenómeno), tenemos una nueva generación que escoge sus salidas para pagar menos en vez de donde se puede comer mejor.
Habrá que ver cómo cambia este panorama luego del lanzamiento de la versión chilena de Pix (aplicación brasileña que permite transferencias inmediatas de persona a persona y pagos en comercios usando códigos QR) y que amenaza el liderazgo de las tarjetas de crédito y débito.
Por el momento, hay que preguntarse si el comensal mira las promociones de su banco o las reseñas web del restaurante antes de escoger dónde gastar su dinero y su tiempo.
